ÁREA MÉDICA
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Niños movidos los ha habido siempre
Fecha de publicación: 05/07/2008



Este personaje "incordiante", que altera continuamente la tranquilidad familiar, y que, además, tiene la rara habilidad de poner en un santiamén a los progenitores al borde de un ataque de nervios, ha estado siempre presente en nuestros hogares... no es que ahora lo haya descubierto el Trastorno por déficit de atención con hiperactividad, popularmente conocido por las siglas TDAH.

¿Tendrá el chaval el TDAH? ¿Será para siempre portador de esta etiqueta diagnóstica de TDAH? ¿Podrá algún día curarse del TDAH? Estas cuestiones se las formulan diariamente en todo el mundo multitud de padres, maestros, psicólogos y médicos.

Sabido es que en la actualidad pocos niños movidos y distraídos se libran de que les etiqueten con este trastorno y salgan automáticamente de las consultas médico-psicológicas con una pastilla en la boca. Es sin duda el trastorno del campo pediátrico, psicológico y psiquiátrico que está más de moda. Al igual que  hace un par o tres de décadas sucedió con el diagnóstico de dislexia, la dificultad para interpretar el significado del lenguaje escrito, es decir, niños que no podían leer correctamente. Entonces, la mayoría de críos que me llegaban a la consulta venían diagnosticados de dislexia. Y,¡ale!, todos llevaban a cuestas un laborioso programa de reeducación psicopedagógica para mejorar su aparente trastorno lector. Luego, en algunos casos, resultaba que el niño supuestamente disléxico era prácticamente cegato y no veía con claridad la letra impresa... pero a nadie se le había acudido pedirle previamente un simple examen de visión. ¡Lo eclipsaba todo el diagnóstico de dislexia! ¿Acaso está pasando otro tanto con el omnipresente diagnóstico de TDAH que no nos deja ver más allá de unos síntomas de inquietud y desatención?.

Olvidamos que niños movidos, pequeños diablillos que no paran quietos, que ciertamente agotan con sólo mirarlos, los ha habido siempre. Ahora quizá proliferan más por las actuales circunstancias de nuestra atolondrada forma de vivir, acabando los adultos por contagiarles nuestro gratuito e inquietante nerviosismo. Asimismo los hay -y también los ha habido siempre- niños sumamente distraídos, perdidos en sus pensamientos y sumergidos en sus fantasías, refugiados en una rica y gratificante imaginación que les hace autosuficientes. Y todos ellos son niños totalmente normales, inteligentes, vitalistas y creativos. Futuros artistas la mayoría de ellos. Entonces, ¿por qué esta ansia que ahora nos ha entrado de pronto de que todo el colectivo infantil y juvenil debe estar bien quietecito y bien concentrado?

Sin ánimos de ser nostálgico, pero cuando echo la vista atrás recuerdo lo que hacían los maestros de antaño cuando tenían que bregar con alumnos difíciles que no paraban quietos en el aula, que se revolvían y retorcían como serpientes en sus pupitres, como si les quemara el asiento, alterando el ritmo de la clase o distrayendo con payasadas a los compañeros. Aquellos docentes no sabían nada de alteraciones bioquímicas en las conexiones neuronales cerebrales del TDAH como hoy día conocemos, y sin embargo sabían intuitivamente cuando tenían que mandar al alumno hiperactivo a hacer algún recado fuera de clase, porque calculaban con precisión el escaso tiempo de atención y de permanecer sentado sin levantarse de que disponía el crío en cuestión. Y así salvaban las apacibles horas lectivas. También participaban en este buen hacer numerosos progenitores que les había tocado en suerte un retoño inquieto. ¿Dónde ha quedado aquella sabiduría popular curtida  a base de paciencia y comprensión?

¿Por qué este empeño en “empastillar” a toda costa a los niños hiperactivos? (Pastillas que, por cierto, ya reclaman ahora algunos  maestros a los padres de estos críos. "¿Pero aún no medican a su hijo?", insisten a los sorprendidos progenitores). ¿Acaso no hay otras alternativas a la medicación? Si que las hay. Como son determinadas dietas excluyentes, aporte de suplementos dietéticos, etc., que en algunos casos han demostrado su eficacia coadyuvante a la medicación o han permitido mejorías sin tratamiento farmacológico psicoestimulante (sobre estas posibilidades alternativas ya he dejado constancia en el libro Nunca quieto, siempre distraído de Espasa Calpe).

Hace un par de años, al terminar una conferencia sobre niños con TDAH en un congreso de pediatría en Monterrey, México, en el coloquio varios asistentes me preguntaron incrédulos por el futuro de estos niños. "Si sobreviven a la infancia, triunfan", les respondí contundente. Estoy plenamente convencido de ello y lo puedo demostrar. La evolución de numerosos casos clínicos así me lo avalan. Sin ir más lejos, tomemos, por ejemplo, la propia capacidad de dispersión de las personas con TDAH (valorada tan negativamente por el entorno social) la cual les permite acudir con rapidez "a tantos detalles diferentes al mismo momento" y estar "en mil cosas en el mismo tiempo", y todo ello mostrando ágiles reflejos para responder con destreza a las demandas del ambiente. Así, su peculiar manera de ser les hace desarrollar una ingente actividad, muy a menudo sumamente creativa, que si la saben encauzar adecuadamente -y aquí está el gran papel de padres, maestros, psicólogos y médicos-, luego, cuando ya están instalados en la vida adulta, esta vitalista actividad puede ser muy superior a la del promedio de la población “no movida” y servirles maravillosamente en su actividad profesional.

Pero amigo mío, lo que se trata es de ayudarles a sobrevivir a sus años mozos, para que lleguen sin muchos destrozos a la adultez. Y se lo digo yo, que si me hubiese tocado pasar mi infancia en los tiempos actuales seguro que me hubiesen diagnosticado de TDAH, porque, según dicen mis familiares y conocidos era, lo que se dice, "una buena pieza"...

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