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¡Miente más que habla!




Dice el adagio popular que "la verdad sale por la boca del niño". Y realmente los niños dicen verdades como puños. Pero, en honor a la verdad, los niños también mienten, y mucho.


De entrada, ¿qué entendemos por mentira? Mentir es mantener una idea en desacuerdo con la verdad, con el fin de inducir a error a otro. Vean, pues, que para mentir se supone que se conoce -o se cree conocer- la verdad del asunto que se lleva entre manos. Y por lo tanto, el niño no miente antes de los siete años de edad (a lo sumo a los seis), por algo se llama a ésta la "edad de la razón". Es a partir de los seis años cuando el niño comienza a negar las faltas que comete si le afectan directamente. Son el inicio de las mentiras para evitar el castigo.



En los niños mayorcitos la distinción entre el que finge y el que miente se impone. En el fondo, todos somos comediantes, y como bien dice el genial actor Fernando Fernán-Gómez -cómico, como a él le gustaba llamarse- "desde la infancia una de las primeras artes o mañas que aprendemos es la de fingir".


¿Es responsable el niño de sus mentiras? Hay que tener en cuenta -como nos cuenta Jean Marie Sutter en su clásico libro Los niños mentirosos- que "el niño no posee más que una conciencia moral en embrión". Incluso Sigmund Freud nos lo presenta como un ser amoral (y según el psicoanalista Enrique Pichon, incluso es inmoral), gobernado por el "principio del placer", que trata únicamente de satisfacer sus deseos. En tal estado, la elección entre la verdad y la mentira no puede llevarse a cabo más que en beneficio de la conducta inmediata más ventajosa. El miedo a un castigo exagerado, cualquiera que sea la falta cometida, obliga al niño a mentir, preocupado ante todo por evitarlo. El pionero de la psiquiatría infantil, Leo Kanner, comenta: "cuanto más severas son las medidas de castigo de los padres, tanto mayor es la tentación de mentir del niño".


Sólo al llegar a los siete años el niño se da cuenta del mal que hay en la mentira. Con todo, el adulto seguirá considerando múltiples actitudes como mentiras que para el niño no lo son y no le reportan ningún sentimiento de culpabilidad. Sepan que el conocimiento del niño de las cosas prohibidas es muy precoz, pero la culpabilidad ligada a la transgresión de tales prohibiciones es mucho más tardía.


Y, no olviden, que muchos niños mienten como bellacos, porque decir la verdad no les sale a cuenta. Lo cual ha de hacernos reflexionar a padres y maestros, para que así sepamos animar a los menores a que sean sinceros y digan siempre la verdad, sin que teman represalias a su veracidad. Tampoco olviden que hay críos que mienten más que hablan, porque nadie les cree cuando dicen la verdad. Lo cual es muy penoso, ¿verdad?


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